Vacaciones reales en la era digital

Creado por 

Label Key

 el

1 de agosto de 2016

Desconectar o no desconectar… He ahí la cuestión. En el meridiano del verano, aún somos demasiados los que no conseguimos silenciar nuestros dispositivos ni siquiera en esa sagrada hora que llamamos “siesta”.

¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué esta dependencia? ¿Sabemos usar las nuevas tecnologías con consciencia? ¿Cuánto tiempo, de media, pasamos conectados al día? ¿Cuánto tiempo pasamos interactuando, cara a cara, con familiares o amigos? ¿Por qué escribimos, en lugar de llamar? ¿Qué ocurriría si te olvidaras el móvil en casa? ¿O si cayera al mar? ¿Te imaginas?

 

 

NecesidadDispositivo

 

 

La soledad es un término paradójico, en los tecnológicos tiempos que corren. Queremos estar solos… pero no del todo: un sólo click nos separa de estar completamente aislados, aunque eso nos haga aún más solitarios. La nuestra es una realidad que ni siquiera Nostradamus pudo vaticinar…

La ilusión de ser un miembro ilustre de un grupo de chat o de gozar de cierta popularidad en una red social se ha convertido, para muchos, en una obligación; casi en una profesión. ¿Sabías que las notificaciones siguen un programa de refuerzo variable?

Sí… Las notificaciones crean adicción: bocadillos y sonidos que asociamos con “soy importante”, “se han acordado de mi cumpleaños” o simplemente, “existo” (aunque sólo sea un plano digital) son diminutas recompensas para un cerebro siempre hambriento de más. En colaboración con los desarrolladores, los psicólogos colaboran en la creación de aplicaciones con el fin de que, una vez que las pruebes, ya no puedas dejarlas marchar.

 

 

Ser miembro ilustre de un grupo chat

 

 

Pese a que la intención de estas apps sea precisamente comunicarte con los demás, lo cierto es que ha acabado por desconectarnos de los otros en un plano “real” y, lo que es peor: de nosotros mismos. Nos hemos fraguado una falsa identidad: mostramos sólo un yo parcial, escindido: el más atractivo, el más diplomático o el más revolucionario.

En definitiva, el más manido… porque hemos acabado por estar todos en un mismo saco. Sólo tenemos que abrir el Instagram, plagada de estrellas fugaces cuyas comidas, descendencia, vacaciones o referencias son sólo un simulacro de lo que hay detrás… Hombres, mujeres y empresas que se tunean para ser rock stars o vender más.

 

 

Absorvidos por nuestro dispositivo móvil

 

 

Incluso en vacaciones, esta dependencia llega a extremos de tirarse de los pelos: leemos el periódico, consultamos el tiempo, compramos y ligamos online. Compartimos cosas muy íntimas con un público muy amplio sin pudor, de forma anónima y con total impunidad (si la cosa sale mal basta con un “Eliminar” y, ¡voilá!).

Y luego están todos los efectos colaterales que su mala utilización conlleva: refrescar, comprobar la hora de última conexión, ver si tu interlocutor está online, bloquear, desactivar la confirmación de lectura… Y al final de la lista, la locura.

 

 

Adicción al móvil

 

 

Pero, ¿qué hay del presente? ¿Del aquí, del ahora? ¿De lo que abarca la vista? ¿De lo que percibe el oído? ¿De lo que inspira el olfato? ¿Del gusto, del tacto? ¿Qué espacio le estamos dejando a los sentidos? ¿Son estas sensaciones susceptibles de ser compartidas?

Quizás el error sea pensar que sí, que lo son… Que somos vouyeaurs tan paranoides como empáticos, y que estamos dispuestos a reforzar a otros siempre y cuando obtengamos un like o un corazoncito a cambio.

 

 

Like Chat

 

 

En el caso de los padres, la cosa se agrava. ¿Qué puede aprender un niño si ve a su padre conectado permanentemente a un dispositivo? ¿Qué le estamos transmitiendo? Quizás que lo que está ocurriendo en esa pantalla es más importante que ellos mismos.

Quizás que la única salida a sus tiempos muertos sea ese paraíso artificial. No educar a los más jóvenes en un uso limitado y responsable de las nuevas tecnologías conlleva un gran riesgo: el de criar a seres eternamente insatisfechos, sin capacidad de gestionar su tiempo libre, sin habilidades para crear conexiones auténticas con los demás, sin enseñarles que no hay nada de malo en estar ociosos, o aburridos, o solos.

Sustituir los recursos (infinitos) que nos ofrece el presente por uno sólo es un crimen: el regalo más preciado que podemos hacer a nuestros hijos es liberarlos de un lastre que convertirá sus vidas en una experiencia sesgada, superficial y vacía.

 

 

FOMO, enfermedad tecnológica

 

 

Ya existen unas siglas que describen esta terrible enfermedad tecnológica que nos asola: FOMO (Fear of Missing Out). Pero, ¡no todo son malas noticias! El miedo a perderse algo por estar desconectados ya tiene cura: JOMO (Joy of Missing Out): el placer de perderse algo, la superioridad frente a la tiranía de estas redes y apps que nos atrapan y no nos dejan respirar.

 

 

Apagar el móvil antes de dormirse

 

 

A continuación, unos consejos para interrumpir el efecto viral y dar al traste con la adicción a las nuevas tecnologías en la época estival:

  • Tiempos libres de tecnología: apaga el móvil antes de dormir y no lo enciendas hasta después de desayunar. ¡Atrévete! ¿Qué puede pasar?
  • Lugares libres de tecnología: la mesa, el coche, el salón, la playa, una excursión, una reunión familiar.
  • Manos libres: deja el móvil en el coche o en el bolso si no lo vas a necesitar. Si te lo dejas en casa, de vez en cuando… ¡matrícula!
  • Wireless vs Cable: juega con estos dos recursos para un mayor control de las conexiones, sobre todo con menores.
  • Lugares públicos: existen sitios donde chats y redes sociales están bloqueados. Aprovéchalos y date un baño de paz.
  • Mensajes: léelos sólo cuando puedas contestarlos. ¿Podrás?
  • Comunicación directa: echa mano de los recursos que tienes ante tus narices. Haz consultas a gente de carne y hueso o pídeles que te hagan una foto, en lugar de echar mano del teléfono.
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